29 de julio de 2011





Hace días falleció Amy Winehouse, una cantante de un indiscutible talento con sólo 27 años de edad. Faltaba apenas más de un mes para que alcanzara los 28 y comenzara el conocido “Retorno de Saturno”, proceso en el cual experimentamos fuertemente nuestros límites y vivenciamos cómo podemos utilizarlos de punto de apoyo en vez de restricción.
Lo primero que cabe decir es mi más sincero respeto por esta artista fantástica y la necesaria aclaración de que no deberíamos buscar una “razón” que justifique la muerte de nadie (ya sea prematura, natural, casual, provocada, etc…). Entramos en temas oscuros y sensibles y, tal vez, la primera aproximación debiera ser neptuniana, es decir, silenciosa y compasiva. La muerte es un paso que se da en absoluta soledad y las palabras sobran.
Sin embargo, sí llama la atención su caso que parece sumarse al famoso “Club de los 27”. Para pertenecer, los requisitos son duros: ser estrella de música y fallecer con 27 años de edad.
Todavía no se sabe con seguridad que el motivo de su muerte haya sido intoxicación o sobredosis. Pero nos sorprendería oír lo contrario. Parece ser que acceder a semejante fama y reconocimiento global súbito, genera en muchísima gente, una pérdida de consciencia de uno mismo, una búsqueda de autodestrucción desenfrenada que se manifiesta en una evidente adicción al alcohol y diversas drogas. Amy Winehouse, con 19 años tenía firmado su primer contrato discográfico y en una carrera tan corta, había obtenido 23 premios y 58 nominaciones.
Pareciera como si la fama y el talento quisieran cobrarse un precio. Personalmente, creo que cuando todavía no se ha constituido una base sólida y sostenida desde donde apoyarse para abrirse al mundo, la sensación de que “todo podría ser mío” genera un deseo inconsciente de limitación. Saturno está orbitando en nuestro Cielo porque lo necesitamos. Hace falta un padre, un borde, una restricción que nos diga “no”. En su adicción desenfrenada a las drogas, es posible que Amy estuviera buscando ese límite último, esa negación que nadie sabía darle. Porque Amy tenía un talento que la separaba del resto y un renombre que la hacía única en el mundo. Era una diosa caminando entre mortales. Una diosa que nadie podría parar.
Pero la fama siempre se cobra su precio. Y Amy era tal vez demasiado joven para poder pagarlo de otra manera.
Los griegos honraban a una diosa, de nombre, Feme que poseía un par de alas para levantar rápidos vuelos y repartir noticias por doquier. Debajo de cada pluma, tenía un ojo y, junto con cada globo ocular, una lengua que lo contaba todo. A menudo, era homenajeada ya que, al relatar las hazañas de los héroes, los hacía inmortales. El Cielo la rechazaba y tenía prohibido acceder al Inframundo ya que no era una criatura infernal. Así, se desplazaba por la Tierra, generando escándalos. Solía ser injusta y hacer brillar algunos en la gloria y caer a otros según caprichos personales.
Cuentan los creadores de leyendas que Feme hizo un pacto con Aquiles, el héroe griego por excelencia. Aquiles era el más veloz y el más hermoso de los héroes que sitiaron Troya y su cólera desatada ayudó a resolver el fin del sitio en victoria para los griegos. Cuando Feme se presentó a Aquiles le hizo dos ofertas: una vida larga y tranquila, anónima; o toda la gloria, ser conocido y renombrado por siglos, a cambio de una excitante vida corta. Morir joven y lleno de gloria, o viejo y anónimamente desconocido.
El mito se re-actualiza cada vez. Más allá de los integrantes del Club de los 27, hay tantos otros artistas de talento inconmensurable pero que llevan vidas insalubres y costumbres riesgosas. Cuando Fame no exige la vida, se lleva la cordura. Y el éxito acaba poco a poco con estos talentos.
Pareciera que Amy también había hecho el pacto secreto: una vida corta, llena de intensidad, a cambio del renombre. Será recordada como una re-descubridora del soul y una vocalista femenina capaz de cantar como pocas un género que supo hacer propio. Se cumple así el arquetipo en el que Amy se vio encerrada. Y nos cuesta reconocer en ella a la persona que estaba detrás de él.
Por su parte, Fame, insensible, ya está batiendo alas.