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8 de septiembre de 2011

Job o el sufrimiento del Justo - parte 2/2-


Tal vez Job quiera enseñarnos a no buscar una respuesta que sacie y calme, un argumento que resuelva la duda y que acabe con esta dolencia. Quizás la propuesta sea permanecer en el silencio meditativo, en la escucha y la resonancia de la angustia y no en su resolución. No llenar el vacío (de rencor, ira y encono) sino escuchar su música silenciosa. En efecto, es posible que hayamos perdido el eje y no veamos ahora que la cuestión de si dicho sufrimiento es justo o no, aquí no tiene lugar. Somos los hombres quienes juzgamos por justo o injusto aquello que desde el Cielo es visto de otra manera. Y realmente creo que este evitar la calmosa respuesta puede llegar a dar algún resultado, este convivir con el vacío. Pero también es posible que sólo intelectualmente hallemos reposo y nuestro yo más emocional siga sufriendo la herida letal sin comprender las injusticias, el dolor, el sufrimiento extremo. Sí, es posible que el rencor siga acumulándose y aumentando en nuestro pulposo corazón.
            ¿Cómo superarlo entonces? O mejor dicho, ¿cómo lidiar con él? Intentemos, por favor, evitar pensar si es "bueno" o "malo" sufrir este dolor. Porque, desde el intelecto hemos aprendido que, en realidad, todo es bueno… pero la emoción se niega a obedecer y entender. Cuando estamos heridos, no queremos hacerlo. Fijémonos solamente qué movimiento puede apaciguar el padecimiento, volviéndolo leve. Miremos sin miedo, dispuestos a ver aquello que ya sospechamos: un sacrificio es necesario. Alguien debe morir. Pero, ¿quién?
            El Ego. La única forma de superar el rencor que genera la injusticia es a través de la modestia. No podemos todo aquello que queremos todo el tiempo y a cada vez. La modestia, siempre silenciosa, calma, receptiva es el opuesto perfecto a la soberbia, siempre excitada y en movimiento, siempre en aceleración y en tensión. Allí donde el Ego se crea dueño, habrá dolor. Las reglas por las que se rige el mundo son complejas y misteriosas. No puede el Ego entenderlo todo. Habrá entonces que bajar el nivel de expectativa y trabajar en el principio de la realidad.
            Aceptación no es sumisión ni resignación... es comprensión. Y para poder comprender hay que ceder en el deseo de control. Debemos recuperar nuestra proporción humana. No somos nosotros Yaveh, sino sus servidores, vástagos de Él Mismo, chispa divina del fuego motor del Universo, débiles mortales... chispas de luz... chispas de luz que brillan en la oscuridad.
            El libro de Job termina con una imagen muy bella. Cuando todos los argumentos son expuestos, se aparece ante él una nube y dice el texto que “habló Dios desde la oscuridad” (tan sumido en ella estaba este pobre hombre). Todo grito, toda voz eufórica de queja es también un enorme pedido de ayuda, un desconsolado movimiento, un angustioso anhelo de auxilio y socorro. Y todo pedido exige y reclama una respuesta. Sabemos que Dios siempre contesta cuando lo llamamos. "Mas ¿qué espero? Mi casa es el seol, en las tinieblas extendí mi lecho” (Job 17, 13) dice Job y Yaveh se manifiesta para contestar Él Mismo.
            En el texto Dios no se ocupa de argumentar si es justo o no, bueno o malo, sino que magnifica la dimensión de lo divino. Cuando Job ve aquello que la mayoría de nosotros no alcanzamos a ver, cuando percibe con todo su ser el Pulso Vital que esta bajo las formas, que todo lo empuja, que hizo a los átomos esparcirse por el cosmos, complotarse unos con otros para dar lugar a la materia, a los planetas, al universo, al agua y el mar, al cielo y los árboles y a la vida misma, es finalmente testigo de la fuerza que trasciende todo, de la fuente inconmensurable, inabarcable, innombrable, incontenible e inimaginable que es Yaveh. Entiende, entonces, que él mismo no es más que un punto pequeño, un grano de arena en el desierto, una gota de agua en el mar, una pequeña hoja de árbol. Un punto, nada más, en la infinitud cósmica de la eternidad. Se vuelve sabio así. Ha visto aquello que los demás no. (Y podríamos pensar que esta visión auténtica y única es premio a todos sus merecimientos). Comprende y teme. Y Dios responde cuestionándole si acaso él es capaz de provocar tormentas, de detener los mares, de asegurar el curso constante de las estrellas. ¿Puede él ver el corazón de los impíos? ¿Sabe el dónde se esconden las tinieblas? ¿Es capaz de llevar la cuenta de las almas? ¡Que haga crecer la hierba, caer la lluvia, tronar el cielo!, si se cree en derecho de hablar contra Dios. Y cuando Job ve, comprende y cuando entiende, acepta y pide perdón “desde el polvo y la ceniza” (Job 42, 6). “Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5). Entonces, rodeado de modestia, coronado con la humildad es súbitamente engrandecido y su escala ya no es la misma que la del resto de los seres humanos. Y hasta sus amistosos compañeros que habían venido a consolarlo parecen tremendos pecadores. Él ha visto a Dios. “¡Ea, cíñete de majestad y de grandeza, revístete de gloria y de esplendor! ¡Derrama la explosión de tu cólera, con una mirada humilla al arrogante! ¡Con una mirada abate al orgulloso, aplasta en el sitio a los malvados! ¡Húndelos juntos en el suelo, cierra sus rostros en el calabozo! ¡Y yo mismo te rendiré homenaje, por la victoria que te da tu diestra!” (Job 40, 10-14).
            Así, la argumentación divina no es lógica o racional, basta con una manifestación total de la categoría de lo divino que supera en creces los métodos de medición (la ética, la filosofía, etc.) de lo humano. Y es así la orden a Job de ser él mismo manifestación de esa Magnífica Presencia, incitando a los hombres seguir el camino que dirige al Cielo. Esta visión misma es el premio, esta visión el bálsamo que cura todo mal.

Bendiciones,

Alejo López
Barcelona

Ilustraciones: William Blake
[Este artículo ya fue publicado en la Revista Nº 9 del Portal Hinéni. Si quieres verla, puedes ir a http://portalhineni.com.ar/revista/index_9.htm ]

1 de septiembre de 2011

Job o el sufrimiento del Justo - parte 1/2-




Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó la oscuridad.  Job 30, 26

Me ha hecho hermano de los dragones y compañero de las lechuzas. Job 30, 29


            Job está cansado, agotadísimo. Se siente defraudado. Ha sido el más justo y, sin embargo, Yaveh autorizó a Satán a quitárselo todo. Una tarde, como cualquier otra, noticias fueron llegando para informar que los bueyes, asnos y camellos habían sido robados, los criados asesinados, ovejas y pastores habían muerto bajo fuego caído del cielo y sus hijos perecido todos en simultáneo bajo el techo de la casa de uno de ellos que de pronto se desplomó sobre sus cuerpos. Luego fue herido con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza.

“Los rectos se asombrarán de esto, y el inocente se levantará contra el impío. Yo estaba tranquilo, pero Él me sacudió; me tomó por el cuello y me despedazó. El me ha puesto por blanco suyo; sus arqueros me han rodeado. Atraviesa mis riñones sin compasión y derrama por tierra mi hiel. Abre en mí brecha tras brecha; contra mí arremete como un guerrero. He cosido cilicio sobre mi piel y he hundido mi fuerza en el polvo. Mi rostro está enrojecido con el llanto, y sobre mis párpados hay densa oscuridad, a pesar de no haber violencia en mis manos y de ser pura mi oración."
Job 16, 11-17

            Job había sido un hombre justo, recto, sabio, honesto y sin embargo, parecía que la ira de Dios se descargaba contra él. Llegaron entonces tres amigos que habían oído las malas nuevas para consolarlo. Y fue luego de siete días y siete noches que Job rompió silencio para al fin maldecir el haber nacido, quejándose ante Dios, de tamaño poder y aparente injusticia y que insistía en perpetuar sus achaques contra él. Uno a uno, sus amigos postularon argumentos para razonar los males de Job que eran en verdad, difícilmente justificables. Job había sido justo y bueno, recto en el actuar y el pensar, siempre noble en el hacer. Y sin embargo, lo estaba sufriendo todo. Uno a uno, contestó a los argumentos denunciando la injusticia divina, la falta de misericordia y la desproporción en sus padecimientos. Finalmente, se alzó un último discurso en defensa de Dios: que los males tolerados ayudan a fortificar la fe. Pero esta última idea tampoco parecía poder corresponderse con el caso de Job que siempre había tenido fe.
           
            ¿Cómo puede ser entonces? ¿Cuál es la explicación del sufrimiento del inocente?

            Job nos habla de una herida profunda, una lastimadura que se niega a curar, un dolor que genera rencor. Es desde dicho rencor que Job acusa a Dios. Su sufrimiento es injusto. No hay catarsis posible, no hay exhumación de las emociones. Según Yaveh mismo, no había nadie “…como él en la tierra; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal!" (Job 1, 8). Y, sin embargo, sufre.
            Pareciera que Job en su relato quisiera recordarnos que el mundo no se rige por nuestros propios cánones éticos de justicia y que el equilibrio que trae el Universo es bastante más complejo de lo que esperábamos. Dios no juzga los hechos por buenos o malos como nuestras escuetas, estrechísimas mentes pueden hacerlo. Aún creyéndonos justos y sabios, podemos sufrir las injusticias de este mundo. Que un hombre sea bueno no alcanza como garantía al éxito en esta tierra. Surge entonces un dolor de difícil curación y de una agonía intensa porque está acompañado de incomprensión, rencor e ira. Así como no podemos entenderlo, no podemos, tampoco, aceptarlo. Aquí, la divinidad parece oscurecerse (y en efecto, veremos más tarde que Dios contesta “desde la oscuridad”). Tamaña sensación se vive desde las entrañas mismas y no hay aparente explicación lógica y justa que la explique. Es la indignación plena ante lo injusto, la molestia por la impotencia, la rabia desmedida. Esa acumulación de furia que genera rencor. Y ese rencor que empieza a corrernos por la sangre volviéndose venenoso, enfermando al Ser. Cuanto más reflexionamos sobre ello, más injusto nos parece y más nos duele la herida. Respondemos de forma insensatamente animal e impulsivamente violenta. Respondemos como perros heridos que, al estar sufriendo, intentan morder la mano amiga que se acerca para curar. Nos sentimos en la más absoluta oscuridad y nos percibimos solos. Nos creemos perdidos.